Estancia primera

(Artículos publi­cados en "Amauta”).
Recopilación y No­tas: José Caciano Chiri.
Lima.
Talleres de obras Gráficas.
1961.


PRÓLOGO
 
"Tenía Padre y Madre. Pero había nacido de la entraña doliente del pueblo, de la única entraña en que se han gestado todas las auroras humanas..." como dijo ante su tumba Julio Garrido Malaver el hermano poeta. Guía del grupo "Norte", forjador de los pasos de Haya de la Torre, Spelucín y Macedonio, verdaderas simientes de la nueva creación que ha delineado América, a Orrego le cupo ser el Demiurgo, el modelador de la nueva conciencia. Desde los días aurórales en que por la redacción del periódico trujillano daba oportunidad a Vallejo para que publicara sus poemas, que promovían a escándalo en el conservadorismo provinciano y decadente, hasta las épocas de gesta política de estos últimos cuarenta años, en la recia personalidad intelectual de Antenor Orrego se consus­tanciaron los pensamientos que ennoblecieron y dan sentido a la lucha y a la Comunión de un pueblo en trance de alumbrar su propia felicidad hecha con la sangre y las lágrimas de tantos años de opresión. Pero ya no, ninguna réplica aquí, ningún reproche. En el recinto amplio del olvido generoso se van perdiendo los sollozos que al borde de cualquier madrugada pretérita pudo vertir una madre o el pueblo mismo que con saña se castigó, por tener la vocación de ser libre. Este pueblo que parece repetir todos los días como en aquella carta de Vallejo a Antenor: "Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad".
 
Los artículos reunidos para esta publicación guardan una unidad interior y un hilo conductor que los equilibra. Aparecieron primigenia­mente en "Amauta", la revista de Mariátegui, entre los años de 1926 al 29. En ellos hay ya una nueva "estimativa"; son el borrador de lo que más tarde sería "Pueblo-Continente". El pensamiento de Orrego que debuta poéticamente, que continúa con sabor nietzscheano en densos aforismos, encuentra en estos años el cauce que jamás torcería: su preocupación apostólica por América. Al iniciar la lectura de estas páginas -a las que no por azar hemos titulado de Estación Primera-, se verá que son nota singular en el quehacer humanístico de nuestro medio. Trata Antenor Orrego con vigorosa prosa y hondura filosófica la crítica, el arte y la política. Esboza una filosofía de la historia de nuevo cuño, con mensaje y esperanza. Laborioso y profetice, incansable perseguidor y buceador de nuestras esencias, Orrego, no perteneció en vida a cenáculos intelec­tuales de corte oficial, pero bien podría decirse que fue guía y peón en dos movimientos que imprimieron nuevos rumbos: el grupo "Norte" de Trujillo y el círculo informal, inquieto y catequista agrupado en torno a la excelente revista "Amauta".
 
Apasionado de la causa reformista como estudiante, el más tarde brillante Rector de la Universidad de La Libertad, nos brinda en una conferencia -que hemos querido incorporar al texto por su importancia-sobre "Cultura Universitaria y Cultura Popular", el sentido auténtico y la razón de ser de la responsabilidad de los estudiantes y de la conciencia del maestro hecha con una renovada afectividad; con apego por todo lo que se está forjando. Recoge, pues, Antenor Orrego, en perspectiva, la nueva dimensión educacional: la que puso en el centro mismo del interés pedagógico no al maestro como en la vieja tradición, sino al alumno; a la semilla y no al surco. Fue éste, como dice José Jiménez Borja, “el sentir primero del nacimiento de la Reforma en nuestro suelo y las Universi­dades Populares, que aquí germinaron y que más tárele encontraron campo fértil en otras tierras, son expresión de lo que se quiere entre la juventud y de lo que se puede cuando en estrecha colaboración se olvidan dividendos y se hace una conjunción de ideales, con fortaleza y buena fe en la razón”.
 
En el gran mundo de posibilidades que es América, la patria que él escogió para que fuera entonado "El canto del hombre", surcada hoy como nunca por la inquietud revolucionaria, volvamos los ojos hacia nosotros mismos, "para abrir juntos -como dice Víctor Hugo- el Evan­gelio por la hoja más augusta, la que ordena a todos los hombres amarse como hermanos". Y que sea este el imperativo "Hacia un Humanismo Americano" en el que las cuentas del quehacer y la pasión sean puestas en la balanza que afinará cada conciencia que juzgue, y no cada bala que ciegue. Para que al conjuro del ideal que nos alumbra, que nos comunica y hasta nos separa podamos discutir entre nosotros "una nueva posibili­dad humana, realizándola".
 
Hace falta un sacudimiento hondo del alma popular, en esta América que como el personaje de la novela de Miró está pidiendo un alma para su alma, y la escuela será su gran instrumento plástico. Que lo digan sino, los partícipes de la empresa revolucionaria de 1918, aque­llos sembradores de ideales, esos maestros de veinte años de que nos habló hace poco Arturo Frondizi, Presidente de Argentina, cuyos sueños, que algunos abonaron con su sangre, siguen siendo el punto de referencia e toda empresa de renovación cultural en América. Y ahí están Mariátegui, Haya de la Torre, Raúl Porras y otros, entre los que nunca podría faltar el viejo celador González Prada.
 
El joven poeta nacional Claudio Saya, ha querido ofrecernos para la presente edición el inspirado poema "Sócrates yaciente", que leyera en el homenaje rendido al Maestro Antenor Orrego en el primer aniversario de su desaparición.
 
Lima, 17 de julio de 1961.
 
José Caciano Chiri