Orrego, el maestro del Apra

Cesar Levano
Cortesia de Revista Caretas No. 1861 del 17 de febrero del 2005

 
Antenor Orrego aparece, en la página de enfrente, en plena madurez. Era ya un hombre cargado de libros, luchas y prisiones. Al lado, Haya de la Torre ante multitudes lanzadas a la política tras las huellas del Grupo Norte guiado por Orrego.
 
La novelesca vida de Antenor Orrego, el filósofo del aprismo auroral, encierra lecciones de lucidez y limpieza moral. A los 22 años ya era considerado un maestro por jóvenes como César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre y Alcides Spelucín. Mas tarde, orientó a otros jóvenes: Manuel Arévalo, sobrecogedor ejemplo de obrero elevado a intelectual y político, asesinado antes de cumplir los 34 años de edad, y Ciro Alegría, el futuro autor de El mundo es ancho y ajeno. Fervorosamente admirado por el pueblo de Trujillo, fue perseguido con saña por oligarcas y dictadores. Entre él y Arévalo echaron los cimientos de lo que más tarde se conocería como el “Sólido Norte” aprista. Solo dos veces, en breves viajes, salió del Perú, a Buenos Aires y Ciudad de México. Su herencia intelectual consta en cinco volúmenes de sus escritos. Herencia dineraria no dejó.

1914. Año del inicio de la Gran Matanza en Europa. A fines de ese año, Antenor Orrego, natural de Chota, Cajamarca, de 22 años de edad, recibe en el diario La Reforma de Trujillo a César Vallejo, también de 22 años, llegado de la sierra liberteña. Vallejo, poeta novel, le entrega un fajo de cuarenta poemas y le pide que los juzgue.

Los ha presentado Víctor Raúl Haya de la Torre, compañero de estudios en la Universidad Nacional de Trujillo, el cual es menor que ellos: tiene 19 años.

Es como si la mano ciega del destino hubiera desatado ese día un nudo en el quipu de la historia política y cultural del Perú.

Mientras en Europa mueren cientos de miles de jóvenes en los primeros meses de la Gran Carnicería, los muchachos de Trujillo se estremecen. “El mocerío estudiantil”, escribiría Orrego en su ensayo ‘Mi encuentro con César Vallejo’, “sintió en su estremecimiento que algo empezaba y acababa en el mundo”.

Orrego leyó los versos del bardo novato, y halló huellas de los poetas del siglo de oro español y de Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig.

A fines de ese año, Vallejo volvió para conocer la opinión de su coetáneo y maestro. Dijo éste:

“–César, he visto a través de tus versos, barrenando, diré, las paredes literales de tus palabras escritas, la posibilidad de un poeta extraordinario; pero a condición de que te esfuerces por alcanzar la fuente más auténtica de tu espíritu… Olvídate de estos versos y ponte a escribir otros durante los meses de vacaciones, concentrándote resueltamente en ti mismo. Debes tener la seguridad de que posees algo que nadie ha traído hasta ahora a la expresión poética de América”.

Para demostrar su admiración, Orrego entresacó el poema “Aldeana” y lo publicó en La Reforma. De allí lo reproducirían El Guante de Guayaquil y El Liberal de Bogotá.

La intuición de Orrego había insuflado aliento al genio todavía agazapado de Vallejo. Orrego era ya un maestro, un maestro tan joven como sus discípulos. Un maestro, además, de rebeldía. Quizás latían en su cerebro los genes de su padre, José Asunción Orrego Asenjo, descendiente de vascos. Su madre era Victoria Espinoza Villanueva. Antenor había nacido en Montán, la hacienda familiar, en Chota. Cuando él tenía diez años de edad, toda la familia se trasladó a Trujillo.

En 1917, a los 25 años de edad, fue elegido presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional de la Libertad. En 1914, cuando conoce a Vallejo, era jefe de redacción del diario La Reforma. Ya entonces, en la ciudad norteña, destaca como un intelectual libre, ajeno a la oligarquía azucarera que domina la región. En el mismo año de 1917, dirige el periódico Libertad.

1918 es el año en que se imprime el primer libro de Vallejo, Los Heraldos Negros, que saldrá a luz al año siguiente. En ese año, Orrego emprende en La Reforma una vigorosa campaña a favor de los trabajadores del valle de Chicama. Lo recuerda Eugenio Chang Rodríguez en Orrego. Modernidad y cultura americanas, (Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2004)

La marea de la historia va, entretanto, subiendo de nivel. En el Perú se levantan las banderas de la jornada de ocho horas y de la reforma universitaria. En 1921, en Trujillo, La Reforma, dirigida ahora por Orrego, arrecia su lucha contra los barones del azúcar, los cuales exigen la clausura del vespertino y la prisión de su director. Se hace lo que se manda: Orrego sufre la primera de las siete prisiones que premiaron su inteligencia, su valentía y su honradez.

Al año siguiente, 1922, escribe las Palabras Prologales para Trilce, que constituyen una prueba de acierto y lucidez, en un ambiente aldeano, de Lima y provincias, donde el poeta Vallejo es ametrallado por la carcajada o sepultado por el silencio. Lo reconoció el poeta en una carta a Orrego, que José Carlos Mariátegui, gran amigo de Vallejo y de Orrego, fue el primero en reproducir parcialmente:

“Las palabras de tu prólogo han sido las únicas palabras comprensivas, penetrantes y generosas que han acunado a Trilce. Con ellas basta y sobra…”, le escribió el poeta.


La Bohemia del Norte

En ese tiempo, ya se había constituido el grupo que más tarde sería conocido como el Grupo Norte. El guía fue Orrego. Lo conformaban, parece cuento, José Eulogio Garrido, Víctor Raúl Haya de la Torre, César Vallejo, Alcides Spelucín, el pintor Macedonio de la Torre, el músico Carlos Valderrama, Juan Espejo Asturrizaga, Carlos Manuel Cox y el juvencísimo Ciro Alegría, nacido en 1909.

De esa muchachada, gran parte de la cual iba a ser núcleo fundador del Apra, escribe Orrego:

“Otro día, el ágape fraterno solíase consumar, a base de cabrito y chicha, ante el sedante paisaje de Mansiche y en la humilde morada de algún indio. Frescas mozas de ojos ingenuos y de formas elásticas presentábannos las criollas viandas. Se llamaban Huamanchumo, Piminchumo, Anhuamán, Ñique. Servidos éramos por auténticas princesas de la más clara y legítima estirpe chimú, descendientes directas de los poderosos y magníficos curacas de Chanchán”. (Obras Completas, Tomo III, Instituto Cambio y Desarrollo, Lima, 1995).

El 26 de noviembre de 1959, en carta a Orrego, Haya de la Torre evocaría esos días: “Algo que importa remarcar es que nuestro grupo estuvo siempre en contacto cono el pueblo; que a Vallejo lo incomprendían ‘los de arriba’ pero lo sentían los de abajo. La vinculación entre nosotros y los trabajadores, entre nosotros y el Trujillo y sus valles populares es un hecho que nos separa de las elites o capillas ajenas a las palpitaciones de los más humildes. No fuimos nunca altaneros ‘incomprendidos’ encerrados en torre de marfil’.

Tal es el humus removido por Orrego, a la cabeza de esa falange juvenil. Como si no le bastara esa descollante primera promoción, Orrego cultivó enseguida a un discípulo excepcional, Manuel Arévalo.


El Duo Orrego/Arévalo

Manuel Arévalo era un muchacho nacido en el pueblo campesino de Santiago de Cao, el 15 de octubre de 1903. Debido a la pobreza familiar sólo estudió hasta segundo año de instrucción primaria. A los diez años, en 1913 y 1914, aparece trabajando en las haciendas de Chiquitoy y Nepén. Al contacto con el pensamiento de González Prada y los obreros anarquistas de la época, que tenían en el negro Julio Reynaga su exponente trujillano, se hizo luchador sindical.

Fue pronto reconocido y querido como dirigente por sus hermanos de clase en las haciendas Cartavio y Roma, donde trabajó.

En 1919, se abren para Arévalo, ya oficial de mecánica, las puertas de Casagrande. Allí se inicia como propagandista, con hojas que él mismo imprime y en las que se habla de la revolución rusa y de la conquista de la jornada de ocho horas alcanzada en Lima y Callao por el paro general de enero de 1919.

Un día de 1928, Antenor Orrego se presentó como expositor en el Ateneo Popular de Trujillo. Al final de su disertación, intervino Arévalo, quien impresionó al maestro. De allí nació una amistad que sólo iba a interrumpir la muerte de Arévalo, el mártir, el 15 de febrero de 1937.

Vinieron después tiempos de militancia aprista y de lucha clandestina. Los dos amigos trabajaban intensamente creando el fervor, la organización y la fuerza del Apra en el Norte. Ambos pusieron cimientos al “Sólido Norte”. Una noche, desde el techo de un escondite de Orrego, balearon su cama. Orrego ya había huido. Un traidor delató el refugio de Arévalo. Lo torturaron –existen testimonios– y lo asesinaron camino a Lima. Quisieron que delatara los refugios de Orrego en Trujillo y de Haya en Lima.

Había sido miembro de la Asamblea Constituyente de Lima, se había convertido en intelectual proletario, en periodista de tempestad y ataque. Tanto, que en la época de la gran clandestinidad, Haya de la Torre dijo que si él (Haya) era asesinado, Arévalo debía asumir la secretaría general del Apra. Lo atestiguó Nicanor Mujica.

Cuando Arévalo murió, había terminado de mecanografiar Pueblo-Continente, esa gran reflexión sobre y para la unidad latinoamericana, escrita por Orrego en la prisión.

Escribió Orrego al recordar a su gran discípulo:

“Causa pasmo, si no fuera indicio de una América nueva que está naciendo, el surgimiento de esta flor exquisita en las entrañas mismas del pueblo”.

Conocí a Orrego en el Panóptico de Lima, donde también yo estaba preso. El y otros dirigentes apristas permanecían encerrados en la Rotonda del penal (en el centro había una torre de vigilancia que abarcaba, en una sola óptica, panópticamente, los convergentes pabellones y el círculo de celdas de la Rotonda). Orrego me asombró por su serenidad y su sencillez.

Fue la séptima y más larga prisión de Orrego, que, producido el golpe de Manuel Arturo Odría e ilegalizada el Apra, pasó a formar parte del Comité Nacional de Acción del aprismo. Después del asesinato de Luis Negreiros, cayó preso Orrego, en 1952. Salió en libertad en 1956. Se produjo entonces la era de la convivencia apropradista, que no le satisfizo. En La Tribuna del 8 de mayo de 1959 escribió: “El Perú es una democracia de simple declaración de buenos principios, pero, en realidad, es un régimen que ha quedado congelado en un clima predemocrático…”

En esa época criticó también el panamericanismo.

El domingo último, acogido por las hijas de don Antenor, Alicia y Liliana, la primera me dijo: “nuestro padre nos dejó en la pobreza”. Lo mismo me había dicho, hace veinte años, el hijo mayor de Arévalo.

Causa pasmo que en el Perú hayan existido hombres como esos que, más allá de banderías, fueron ejemplo de lucidez intelectual y limpieza moral, al servicio de intereses populares. ¿Pobreza? ¿Cuál pobreza? Otros son los pobres, los pobres diablos.