Plasticidad, color y canto

Antenor Orrego


EL MILAGRO ESTÉTICO

En ninguna raza como en la negra, el cuerpo es la traducción más cercana del alma, de la psiquis interna, de la estructura emocional, pasional y sensitiva del hombre. En ella el ritmo interior se hace línea ondulante y gallarda; se hace masa plástica y viva en la elegancia de la cabeza, en el esguince airoso del torso, en la melodía columnaria de los brazos y de las piernas; se hace color en el juego múltiple y complejo de la luz, que envuelve y fluidaza el cuerpo, que le torna cambiante y flexible, elástico y dúctil, imprimiéndole el sello supremo de la gracia. La línea y el color trasmutados al piano de la música, se hacen vibración, se hacen nota, se hacen canto, ese grito interior del alma que se esparce hacia los cielos como florescencia melódica del sonido.

Ortega y Gasset ha dicho, con penetrante inteligencia, que en el español el alma esta mas ligada al cuerpo que en las otras razas europeas y que a ello se debe que este tenga una mayor impregnación de vida, que sea mas fluyente y armónico, y que no haya en el esa dislocación, esa quiebra, ese desgarbo corporal que se observa, con frecuencia, en las razas del norte. Y ello es cierto por la cantidad de sangre africana o árabe que hay en el pueblo ibérico. No en balde los franceses piensan que Europa acaba en los Pirineos. Y lo que se dice de España puede afirmarse, en mayor o menor grado, de todos los pueblos meridionales o mediterráneos cuyas aristas litorales se rozan con las aristas africanas.

La estética en los otros pueblos es una proyección objetiva del alma en la obra. Tiene una realización periférica y externa que, luego, se torna estática porque se ha desprendido de su centre vital hacia fuera. Es la realización estética hecha para la contemplación y el goce fuera del hombre mismo. Es el valor estético congelado, fijado en un limite intrasmontable, en el limite que le fijo el poder creativo del artista. Es la belleza pasiva y sin iniciativa ya para superarse, para transformarse, para seguir creándose y viviendo en cada instante. En las otras razas la estética es literatura, es pintura, es escultura, es arquitectura, es música. Siempre una obra técnica que se desplaza fuera de si, pero no el hombre mismo que se fluidaza en su cuerpo y en su alma, incesantemente, a cada paso, en una perenne improvisación creadora. La obra estética del negro es su ser mismo que no se desplaza jamás de su centra vital y que vive perpetuamente, vibra y se construye en todos los instantes, se expresa movilizándose siempre al porvenir. Es un presente eterno que no muere porque esta ubicado entre el «acaba de ser» y el «no es ya», para ser, luego, otra cosa distinta y viva, impregnada de expresión, y, por tanto, de belleza.

Por eso el arte supremo del negro es la danza y el canto, ambas formas estéticas que no pueden cumplirse sino con el concurso del cuerpo, como que surgen de sus tejidos y de sus células mismas. La danza que es ritmo haciéndose línea y movimiento, tornándose en armonía plástica, trasmutándose en color y en luz, realizándose viva en el espació, trocándose en nota musical, en sonido melódico. Notas, línea, plasticidad, movimiento, color, luz: he aquí la gama estética del negro a través de su cuerpo, instrumento dúctil y vibrátil, como la cuerda de una lira.

Es la raza que realiza en plenitud el milagro estético por excelencia. La plasticidad estatuaria de su cuerpo resurge de la entraña misma de la Vida y muestra como puede llegar a ser el cuerpo del hombre un instrumento armónico, dócil y dúctil a las más profundas irradiaciones del Espíritu.
 

BAJO EL SIGNO DE VENUS

La pura terrenidad biológica, la estructura pasional y sensible del hombre, en el negro ha logrado equilibrarse, de tal suerte, que ha llegado a construir una ecuación estética, una expresión de belleza. La libido primitiva, ha encontrado una formula en que los diversos elementos de la existencia animal se han trabado armónicamente, se han hecho equidistantes y orgánicos, han hallado una conformación equilátera y concordante. Gracias a esta maravillosa coordinación biológica, reverbera en la parte física y esta, a su vez, es la fulguración de aquella. Si el indio peruano vivió en su terrenidad biológica bajo el signo de la Pacha-Mama, la terrenidad del africano ha vivido bajo el signo de la Venus griega, la Venus Afrodita, en su encarnación de ébano y dentro de la atmósfera caliginosa y ardiente del trópico. Ha elevado la terrenidad a su máxima expresión estética. Raza procreante, pero, armoniosa y bella; raza de una lujuria potente, pero, de una lujuria que se toma melodía y canto.

Cuerpo troquelado en las selvas ubérrimas del África y que se ha plasmado, a lo largo de los siglos, envuelto y penetrado por los efluvios de la tierra canicular. El Sol vertical se ha infiltrado en sus tejidos, los ha hecho elásticos y flexibles; tejidos cenitales que se despliegan reverberantes en su modalidad expresiva.

Raza en que la forma lo es todo, porque como en ninguna otra, la forma humana es alma. El negro no comprende el mundo por abstracción sino como realización concreta y tangible. Para el, el espíritu es materia, tanto como la materia es espíritu. Hasta sus concepciones trascendentes están penetradas de vida y encerradas y realizadas en una forma. El mundo es una vasta coordinación de formas que revelan su sentido último. No existe el espíritu independiente, abstraído, desplazado y proyectado fuera del mundo. Hasta sus dioses mismos son dioses concretos, percibibles al tacto y a los sentidos ordinarios. El africano es de un agudo sentido realista y trascendido de vida por todos sus lados. Sus «Tabú» y sus «tótem», si bien provistos de formidables potencias mágicas son, eminentemente, formas actuantes que operan tangiblemente, como con la mano.

El negro ha vivido bajo el signo de Venus, la diosa del amor y de la belleza porque es la diosa de la forma. La Verdad para el negro es la Belleza, y el mundo es solo verdadero y tiene un sentido porque es bello. Donde hay una dislocación y una quiebra no hay Vida para el, porque la Vida es concordancia, es armonía, es ritmo que se actualiza y se hace plástico en una forma.


CAMINO DE LA CRUCIFIXION

La hora en que zarpo Colon del Puerto de Palos hacia las Indias Occidentales, fue, también, la hora cósmica de la crucifixión del negro africano. Llegada fue la tercera hora de la agonía para el Cristo de ébano y encendida la hoguera en el ara del sacrificio. En esa hora debió estremecerse el alma colectiva de la raza con sobrecogimientos inauditos y pavorosos, alla en el Continente de los trópicos y cercada por sus selvas milenarias que parecían inaccesibles a las pisadas del blanco.

Para el indio, fue la esclavitud y el aherrojamiento en su propio suelo; para el negro, la esclavitud y el aherrojamiento en el exilio. El buque negrero colmaba sus sentinas de abundante cosecha humana e hinchaba sus velámenes, rumbo a las Indias, donde trocaba su pesca con las riquezas de El Dorado fantástico. Galeras cargadas de gemidos y de angustias; trenos y lloros por la tierra amada que, cada vez, se alejaba, más y más, perdida en las brumas del horizonte. Nubiles doncellas que dejaban alía sus amores y sus hogares, niños adolescentes que apenas habían tenido tiempo para recoger en sus pupilas el esplendor de la luz africana. Era el éxodo de un pueblo hacia la esclavitud dentro de una sociedad regida y presidida por la cruz cristiana. Fue inmenso el sacrificio del negro, pero, fue, también, inmenso su aporte a la nueva progenie. Llevo lo que nadie podía llevar; el milagro vital de la estética, el milagro de su sangre destilada en el ritmo, en la armonía y en la gracia del mundo. El rindió en el seno prolífico de América, lo que le había costado milenios de trabajo en el plasma del hombre. El fue a poner esa floración maravillosa de su cuerpo y de su alma en el crisol ardiente del planeta que iba a fundir el metal humano de la nueva progenie.

Y así, una vez mas, se cumplió el sacrificio de la terrenidad para la expresión del espíritu. Llego para el negro la tercera hora de la agonía, pero llego, también, para América, una categoría vital que ha de volver para el mundo en nuevas, superadas y esplendidas floraciones.

Bajo el látigo inmisericorde del caporal que levantaba túrdigas dolorosas a cada golpe de la fusta, el milagro del torso armónico y vibrante se alzaba en los vastos campos de arroz o se perfilaba en los sembrios rumorosos de la cana de azúcar para notificar la presencia del África estética en la vasta obra humana que comenzaba.


EL DESQUITE DEL AFRICA

América inicio su vida nueva dentro de la algarabía y de la muchedumbre de todas las razas del planeta; bajo la babélica confusión de todas las lenguas y de todas las sangres. Las diversas filiaciones étnicas comenzaron a convivir bajo la fusta imperiosa y tiránica del blanco. Comenzaron a forjarse los pueblos, se roturaron los campos, se abrieron las selvas y los bosques, y se levantaron las ciudades. La obra de fusión, imperceptible, invisible casi a los ojos físicos, pero, segura, eficaz y cierta, también comenzó su grandiosa tarea cósmica de creación.

El blanco no había aprendido a dominar su cuerpo, como el negro, hasta convertirlo en la expresión directa y fiel de su conformación síquica interna. Sobre todo, el blanco sajón y el francés que ocuparon Estados Unidos y el Canadá. Por eso, su cuerpo no podría trasladar íntegramente su alma, cuya modulación principal y más fina se quedo en Europa, pegada al claustro materno de la raza. El negro, en cambio, tenía una estructura síquica completamente individualizada y un vaso corporal que la contenía en integridad y en plenitud. Verdad que el alma del blanco era más compleja y, por ello, más difícil de encarnarla en su totalidad, pero, dentro de su ravel, la realización del negro era mucho más perfecta. Así se explica que el alma del negro se traslade a América junto con su cuerpo y que sea en Estados Unidos una realidad viviente de mayor potencia creativa que la del blanco.

Así se explica, también, que el arte norteamericano denuncie, al primer golpe de vista, su filiación africana, y que en Cuba y algunos otros países de América Latina el acento negro haya llegado a traducirse, a veces, en expresiones poéticas verdaderamente profundas.

La música norteamericana es casi por completo africana, música selvática y primitiva, música sincopada que refleja el contrapunto de la Naturaleza y el traumatismo sinfónico del Trópico. De hecho, la intimidad del norteamericano no tiene, por ahora, otra traducción que el ritmo del jazz y de los fox, ritmo sincopado y traumático, que carga en sus baterías la estridencia de las selvas. El norteamericano en el amor dice, con la gramática y con el léxico ingles: «I love you», «Give me a kiss», «I give you my heart», nombres, también, de algunos de sus fox mas populares; pero, el alma, la vibración interna, la acentuación intima que pone en sus palabras, es negra, africana: andolas, mozambiques, congos, ugandés... Y ese es el desquite del negro tras de varios siglos de crucifixión, desquite cósmico, como su sacrificio, desquite en el momento mismo en que los ku klux klanes consuman crímenes repugnantes e ignominiosos, y en que los restaurantes, los ferrocarriles y los hoteles, los teatros y las universidades se dividen en secciones de blancos y en secciones de negros.

Solo su hermano de esclavitud y de dolor, el indio, comparte con el negro, la estructura, la conformación síquica de América. Pero, es porque el indio se quedo con su cuerpo y con su alma en su propia tierra. Y los dos ritmos son los únicos instrumentos y las únicas valoraciones acendradas de la América moderna. Ambos se destacan ya, hermanados en la tragedia, en la floración del tango. La melancolía y la nostalgia doliente del indio, junto con la lujuria triste y plástica del negro. Música que se habla y se articula como una frase en una oración gramatical, articulación lenta y cansada de angustia; o hablar que se musicaliza y se arrastra, se glisa y se enerva en el dolor y en la voluptuosidad de los sufrimientos y de la tragedia.

Es el buen desquite del África. No el desquite brutal y torpe de la fuerza, sino aquel otro, mas sutil pero mas poderoso, de imponerle la modulación de su alma, de regalarle su riqueza expresiva para sus propios amores y decirle a su opresor y despreciador secular: te notifico que cuando estés ya en la capacidad y en el trance de crearte un arte propio, un arte tuyo que no se confunda con el europeo, tendrás que partir de mi y solo de mi.

Y en verdad, no hay otra salida para América que partir del arte indio o partir del arte negro, porque el blanco fue incapaz de trasladar el alma de Europa, por falta de maduración y gravitación corporal y anímica.