Antenor Orrego en la feria de Trujillo


Eduardo Viaňa Gonzales
Febrero 5, 2003

Cierta noche de Navidad de los años 50, una niña del Perú soñó que aquel 25 de diciembre iba a ser, a la vez, el más infortunado y el más dichoso día de su vida. Y su sueño se cumplió porque hasta las 10 de la mañana, no podía levantarse de la cama debido a un intruso dolor de muelas que se le intensificaba al menor movimiento.

Además, Alicia no le veía mucha gracia a despertarse ese día y no encontrarse con un regalo de pascua, ni mucho menos con la sonrisa cariñosa y el beso cotidiano de su padre quien, una vez más y por razones que ella no comprendía, andaba huyendo de unos policías feroces que habían entrado varias veces en su casa a buscarlo, y al no hallarlo se habían robado algunas de las escasas pertenencias de la familia Orrego.

Sin embargo, a las 11 de la mañana, mamá llegó hasta el dormitorio de las chicas y les hizo una seña con el dedo índice contra los labios. Un instante después y ya en la sala, las niñas reconocían tras el sombrero ladeado y el crecido bigote, el rostro dulce y  los ojos azules de su padre, quien había logrado burlar la vigilancia de los perseguidores para llevar al hogar un par de muñecas. “¿Y qué muela le duele a esta otra muñequita?”- preguntó Antenor Orrego, y cuando Alicia le respondió que era una molar del lado izquierdo, su padre sonrió y comenzó a acariciarle la mejilla de ese lado. Un buen rato le estuvo haciendo ese masaje mientras mamá daba cuenta de las excelentes notas escolares de las chicas, la salud de los parientes y lo que la gente decía en las calles sobre la decadencia del régimen dictatorial del general Odría a quien se debía que Orrego, uno de los mayores pensadores de América, anduviera perseguido al igual que decenas de miles de peruanos a los que se acusaba de antipatriotas, criminales y terroristas… Y súbitamente, la niña se dio cuenta de que la presencia de su padre y el masaje le habían borrado el dolor de muelas.

Aunque Antenor Orrego no tuviera necesariamente virtudes taumatúrgicas, el poder misterioso de su influencia que Alicia le recuerda es similar al que ejerció sobre el pensamiento, la vida y la obra de dos peruanos universales, sus compañeros de generación en Trujillo César Vallejo y Víctor Raúl Haya de la Torre.

La obra de Orrego –dispersa en periódicos que a veces fueron prohibidos o reunida en libros como “Pueblo Continente” y “Hacia un Nuevo humanismo americano”– es clave para entender el ideario pprimigenio de Haya de la Torre y la variedad del socialismo expresado en el aprismo de entonces y en los partidos políticos latinoamericanos que deben a ese movimiento su ideología y principios.

Para Orrego, las creaciones del escritor, del artista y del pensador social latinoamericano deben de ser autónomas, auténticas y originales. En este contexto, tanto la repetición como la imitación obedecen a una servidumbre de inspiración eurocéntrica y solamente son capaces de ofrecer recetas inocuas, evangelios trasnochados y actitudes que perpetúan la dependencia y el colonialismo mental. Además, ningún trabajo de pensamiento tiene sentido a menos que obedezca los grandes mandatos que nos impone nuestra tierra de origen.

Que todo este discurso no es mera prédica sino también su propia conducta lo demostrará Orrego toda la vida desde sus mocedades hasta su muerte con su vinculación en los años 20 al anarco-sindicalismo y a la rebelión de los proletarios de Casagrande y con la adhesion indesmayable a la lucha social, por cuyas causas sufrirá prisión en 1921 y 1928, escapará de las balas disparadas contra su lecho en 1930, entrará y saldrá de prisión cuatro veces en la década del 30 y caerá otra vez en los 50, pocas semanas después de la historia que nos ha contado su hija Alicia.

Este es el amigo que, cuando Vallejo le entrega sus primeros poemas: Vuelve a escribirlos –le dice– trata de poner en ellos lo que tú mismo eres y aprenderás a ser original. Por su parte, el autor de “los Heraldos Negros” no solamente le obedece sino que, al leer las “Notas marginales”, dirá que ese libro de Orrego le ha cambiado la vida y “ahora sí, entiendo en perspectiva, lo que voy a hacer.”

Por eso, cuando los críticos capitalinos se burlen del poeta ejercitando la petulancia y el miedo a la originalidad que son tradicionales en Lima, es Antenor quien infunde en César la displiscencia tranquila con que asume el ataque.Y, cuando aparezca “Trilce” en 1922, desde una vasta y bravía soledad, será también el solitario Orrego quien anuncie en el prólogo que es una obra poética genial.

Este es Orrego, el hombre de la profecía y el padre amoroso que puede curar a su hijita con tan solo acariciarla. Durante muchos años, su nombre y su prólogo han sido desglosados de “Trilce” por editores y supuestos devotos de Vallejo cuya mezquindad es colosal, pero los tiempos cambian y llega el tiempo del reconocimiento. Una de las mejores universidades del Perú, la UPAO, lleva su nombre, y su rector, Guillermo Guerra Cruz, le organizó un homenaje en la reciente Feria del Libro de Trujillo. Sus invitados, Luis Alva Castro y Teodoro Rivero- Ayllón, tercos discípulos del gran pensador, no dejan de ofrecernos ahora  reediciones de su obra que fascinan por su vigencia en este siglo tan distinto.

De Orrego hay que decir lo que él afirmó de Haya de la Torre, que enarboló la enseña de una generación beligerante y encarnó la esperanza, la resurrección y la victoria de una nacionalidad en trance de muerte, y hay que agregar  que siempre estará vigente y será un mandato pendiente de cumplirse su profecía del cambio social mientras el amor y la raza de los hombres prevalezcan sobre la barbarie, el egoísmo y la muerte.