Haya de la Torre afirmó de Orrego:

“Enarboló la enseñanza de una generación beligerante y encarnó la esperanza, la resurrección y la victoria de una nacionalidad en trance de muerte, y hay que agregar que siempre estará vigente y será un mandato pendiente de cumplirse de profecía del cambio social mientras el amor y la raza de los hombres prevalezca sobre la barbarie, el egoísmo y la muerte”.

El 22 de Mayo del 2010 se  conmemoró 118 años del nacimiento de Herbario Antenor Orrego Espinoza. Desde 1998 se anunció nuestra decisión de publicar y mantener en online su pensamiento integracionalista, humanístico y visionario de este insigne intelectual, político  y masón peruano.

Razón fundamental de tal vasto propósito fue, y es, emprender la apremiante tarea de rescatar del olvido y de la indiferencia a su fecunda y valiosa producción intelectual que injustamente ha sido relegada al exilio mental por su insobornable consecuencia con los nobles ideales políticos que profesó y mantuvo hasta el final de su existencia.

Con mucha satisfacción dejo constancia de mi agradecimiento a la familia de Antenor Orrego, en la persona de su hijo el Arq. Antenor Orrego Spelucin, quien proporcionando documentación inédita y fotografías para  la presente edición online.

La personalidad de Antenor Orrego fue polifacética y fecunda, lo cual es ampliamente conocida. Visor exacto de poetas intensos, como Cesar Vallejo y Julio Garrido Malaver; parlamentario, ensayista, crítico, filósofo, autor de libros y gran ciudadano; preso muchas veces y por muchos años por defender los ideales revolucionarios del aprismo.

Menudo, suave de manos y voz, de ancha frente que con los años maduros extremaron profundas entradas, sus ojos verdes miraban con bondadosa franqueza, de pronto subrayadas por el plegarse maliciosos  de una sonrisa cordial. Cruzó la vida por una hirviente senda de pasiones sin que nunca el alma se le recalentara al fuego esterilizante del rencor. Estilista de singular riqueza y elegancia, ha dejado páginas de antología.

Nació para pensador y vivió como combatiente, leal a su pueblo y a su América. Aprendió la lección de los iluminados de Asia  y los filósofos de Europa y porfió por aprisionar un fragmento de esa eternidad que ayer lo ha reclamado por entero. Hombre bueno, leal y sabio, murió como vivió: con sencillez, con dignidad y en decorosa pobreza. Fue enterrado como quería el pueblo, en olor de multitudes.